Cuentan que el avaro Otoño, perseguido por el Verano, iba huyendo aquella noche con su preciado botín de dorado oro, robado de los campos de trigo de Castilla, tan apresurado iba a su refugio en una de las cuevas de las hoces del Duraton, que su inmenso zurrón se rasgó en el campanario de la iglesia del Salvador de Sepulveda, esparciéndolo por toda su ribera.
Los chopos, altivos y elegantes como ninguno, se apropiaron de ello, para engalanarse y lucirse, para los que por allí pasaban, pero su ego llegó tan lejos que la pesada carga de sus hojas no pudo resistir y poquito a poco se fueron cayendo al suelo para quedar desnudos y es que la avaricia siempre rompe el saco.
Dicen también que en tiempos pasados un pastor encontró la cueva donde el Otoño atesoraba su preciado botín, cargo tanto las alforjas de su burro que se despeño cayendo al río, y, de nuevo, el dorado mineral se esparció por el río Duraton y de nuevo digo, la avaricia rompe el saco, y aunque el Duraton no refleja rayos dorados, brilla siempre con luz propia, la luz de la humildad.
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El domingo pasado me acerqué a las Hoces del Duratón, a visitar al señor Otoño, todos los años por estas fechas aparece por nuestros campos desde hace mucho, mucho, tiempo atrás.
El señor Otoño es un poco huraño, algo cascarrabias, a veces tiene muy mala leche, hay días que nos deja a todos helados de frío, otros empieza a soplar tan fuerte que no deja títere con cabeza o cabeza sin sombrero, los más, empieza a llorar, no sé porqué, y no para, a veces sus lágrimas se hielan un poco y los campos aparecen vestidos de blanca pureza, pero el campo lo agradece, estaba ya muy seco.
El señor Otoño ya es muy viejo, tiene por lo menos mil años, pero a mí no me da miedo ninguno, tiene su corazoncito de niño, o eso creo yo, y nos regala bellos atardeceres, casi tan largos y suaves como creo que serán sus sedosas barbas blancas. Cuando sopla fuerte les quita las hojas a los árboles y con ellas juega y las coloca por aquí y por allá dejándonos bellos mosaicos en las praderas, a los arroyos también las lleva con su soplo y como barquitos navegan rio abajo, buscando el mar, muchas no llegaran, pero quien sabe que nuevas tierras verán, en el fondo tiene alma de niño, le gusta ver como se mecen en el agua.
El señor Otoño vive solo, duerme mucho y sin compañía, cuando él llega se va el caluroso verano y cuando él se va viene el gélido invierno, no tiene muchos amigos.
El señor Otoño nos deja un poco tristes y melancólicos, no sé porqué será, o que influjo tendrá. Los campos están mustios pero también sale su corazoncito de niño y como juguetes, en los pinares, y escondidas bajo los barrujos y hierbajos, nos deja multitud de colores, formas y paladares, algunas peligrosas pero bellas todas.
Cuando despierta el señor Otoño un aliento suyo resfría a todas las plantas que por allí estén y las deja heladas, la imagen es bella también, pero… ¡que aliento más frío tiene!
El señor Otoño es contradictorio como todo en la vida, nos da una de cal y otra de arena, pero yo le aprecio, por sus amaneceres tan blancos llenos de pureza, por sus atardeceres tan rojos llenos de pasión, por esos mosaicos de colores donde pasear, por esos días más calentitos de paseo y por los espejos que nos deja en los caminos cuando llora, donde mirarnos y recordarnos que cada cual tiene su otoño, después del verano y un poco antes del invierno. 